¿Sabrías resolver este acertijo? Un padre y su hijo tienen un accidente en el que el padre muere y el hijo es trasladado a urgencias en el hospital. Llaman a una eminencia médica para que lo opere, pero cuando ve al paciente dice: “No puedo operarlo, es mi hijo’.

Seguramente, tu mente ha pensado en un doctor de gran fama, chocando con la información previa del padre fallecido, pero ¿se te ha ocurrido que esa eminencia médica es la madre? Esta adivinanza evidencia cómo actúan los prejuicios –de género, en este caso-, llevándonos a asociar la idea de un médico prestigioso con la figura de un hombre. ¿A qué se debe este proceso mental? Y, sobre todo, ¿cómo eliminar prejuicios en nuestro día a día?

¿Qué son los prejuicios?

Una de las definiciones más conocidas sobre los prejuicios es la aportada por el psicólogo Gordon W. Allport en La naturaleza del prejuicio, donde explica el concepto como “una empatía apoyada en una generalización imperfecta e inflexible y dirigida hacia un grupo en general o hacia un individuo, en particular, por el hecho de ser miembro de dicho grupo”.

Por su parte, Donald Light, Suzanne Keller y Craig Calhoun, en Sociología, conciben el prejuicio como “una predisposición categórica para aceptar o rechazar a las personas por sus características sociales reales o imaginarias”.

Así, el prejuicio está compuesto por tres elementos:

Por ejemplo, si nos informan de que un nuevo trabajador de origen alemán va a unirse al equipo, nuestro cerebro anticipará las características –acertadas o no- del compañero: alto, corpulento y muy disciplinado. En el caso de que nos guste el orden, se despertará cierta simpatía respecto al recién llegado, procurando integrarlo en el grupo y darle una buena bienvenida; en caso contrario, sentiremos cierto recelo a que el empleado modifique la forma de trabajar y lo evitaremos en la medida de lo posible.

¿Por qué se producen los prejuicios?

Siguiendo con el ejemplo anterior, hemos caído en una generalización al pensar que todos los alemanes son así, aunque también haya germanos pequeños y caóticos.

Esto se debe a que, como puntualiza Daniel Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio, nuestra mente emplea dos sistemas de pensamiento: uno intuitivo, que se produce en una primera fase; y otro racional, que tiene lugar a posteriori, que requiere  un análisis más profundo de la información.

No siempre disponemos del tiempo o de la información necesaria para llegar a conclusiones lógicas, por lo que utilizamos determinados sesgos cognitivos, es decir, atajos mentales que nos permitan tomar decisiones con cierta rapidez. Sin embargo, es aquí donde surgen los prejuicios, que nos llevan a categorizar («etiquetar») a las situaciones y a las personas en función de su pertenencia a una determinada categoría.

Las consecuencias de los prejuicios

Aunque pueden resultar muy útiles en muchas ocasiones, los prejuicios también nos pueden conducir a opiniones o comportamientos equivocados. De hecho, según el estudio The Inaccuracy of National Character Stereotypes, dirigido por Robert McCrae, la mayoría de los estereotipos sobre culturas del mundo no son ciertos.

Por ello, no eliminar prejuicios puede desencadenar importantes consecuencias negativas a nivel profesional:

¿Cómo eliminar prejuicios?

No obstante, eliminar prejuicios es un objetivo que puede conseguirse mediante la práctica. En este sentido, Ana Herrera, autora de Orígenes Sociales y Cognitivos del Prejuicio, asegura que “los estudios demuestran que los estereotipos y prejuicios pueden reducirse eficazmente y conseguir una percepción más exacta de la realidad, siempre que las personas conozcan los beneficios del cambio y se sientan  motivados para el mismo”.

¿Cómo eliminar prejuicios? La investigadora apunta 4 herramientas fundamentales:

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